La mentira os hará libres

Publicado en En voz alta

Enrique Martin Criado

Por Enrique Martín Criado
Profesor en el departamento de Ciencias Sociales de la Universidad Pablo Olavide, Sevilla

 

¿Qué es un “falso refugiado”? ¿Qué textos y relatos ha de presentar para que se considere su historia como “verdadera”? Son algunas de las cuestiones que nos plantea Gérard Noiriel en su libroRéfugiés et sans-papiers. La République face au droit d’asile, XIXe-XXe siècle. Allí muestra cómo, en las últimas décadas en Francia, se ha establecido una división del trabajo en la gestión de los refugiados: ante cada nueva crisis humanitaria, los políticos hacen grandes discursos sobre solidaridad y derechos humanos, al tiempo que encargan a los funcionarios que filtren con severidad todas las demandas de asilo para acoger al menor número posible. La farsa del discurso grandilocuente se sostiene mediante un gigantesco aparato burocrático de detección de supuestos mentirosos.

En un capítulo analiza las cartas que escriben los demandantes de asilo en Francia. Estas cartas –a veces complementadas por entrevistas personales-, junto a las pruebas escritas que aporten, son los indicios a partir de los que las autoridades deciden si se trata de un “verdadero” o “falso” refugiado, si se le concede o deniega el asilo. Dos elementos son cruciales para la decisión: que se prueben la identidad y la persecución política. Para lo primero se exigen documentos de identidad y certificados –algo de lo que carecen en muchos casos los que han tenido que huir apresuradamente por temor a ser masacrados; además, en muchos países la burocratización es mucho menor que la europea-. Para lo segundo no suele haber pruebas escritas: como señala con sarcasmo Noiriel, los torturadores no suelen expedir certificados de los servicios rendidos. En este caso, lo esencial es el relato: contar una buena historia se convierte en cuestión de vida o muerte –especialmente porque la inmensa mayoría de las demandas se rechazan-.

Los funcionarios tienen varios criterios básicos para decidir si el relato es “aceptable” o si se trata de un “falso refugiado”: que no haya contradicciones y que el relato cuente con todo lujo de detalles lo ocurrido. Además, estos detalles han de ser “originales”, no pueden reproducir historias comunes, de todos sabidas: a un armenio se le rechazó arguyendo que “cualquier armenio podría contar lo mismo”. A ello se le añaden criterios formales: los relatos tienen que ser comprensibles y, a ser posible, redactados con los criterios que exige un documento burocrático –algo muy complicado para quien no conoce el francés ni los entresijos del lenguaje burocrático y legal-.

Ante estas condiciones, nada más torpe que escribir uno mismo la carta. Primero, por la forma: son necesarios intermediarios que escriban bien. Por ello, la aceptación de la demanda depende de las redes sociales que uno pueda movilizar para encontrar esos intermediarios. Segundo, por el contenido; los relatos han de prepararse minuciosamente, contener una multitud de detalles no estereotipados, borrar toda posible contradicción, presentar a la persona como víctima de los mayores desmanes y como completamente desprotegida, intentar mover a la piedad al lector –ante la multitud de requisitos exigidos, que hacen casi imposible la aceptación, el único recurso que funciona en ocasiones es la compasión que se logra despertar-, redactarse con sumisión, implorando clemencia –nunca exigiendo derechos-. Lo que importa es el “arte de contar historias”: una empresa en muchos casos colectiva –el refugiado es asesorado, se discuten los detalles con los próximos o los profesionales que puedan aportar ayuda útil- donde se sacrifica la verdad a la verosimilitud y a las exigencias del destinatario del relato.

Esta situación de los refugiados me recordó a una experiencia que pasé hace muchos años. Al terminar la carrera, conseguí trabajo durante un verano en un centro de menores como “educador” –eufemismo con el que se denominaba una labor de guarda y custodia-. Era un “centro de clasificación”: los/as menores pasaban allí un mes o dos hasta que el equipo técnico decidía qué se hacía con ellos –las opciones pasaban desde ir con familiares hasta recluirles en un reformatorio, pasando por centros de menores y residencias de régimen abierto o cerrado-. Los chavales y chavalas que veía allí –de entre 6 y 15 años- procedían de hogares pobres y estaban por razones diversas: padres encarcelados, niños que habían huido de sus hogares, padres que habían perdido la custodia, delitos menores…Yo trabajaba en el turno de noche, estaba un rato con los mayores –jugando al parchís, viendo la televisión (nos divertimos mucho con “La estanquera de Vallecas”)…- y luego los mandaba a dormir. El resto de la noche me metía en el despacho de la psicóloga a leer. Como soy de natural curioso –por utilizar un término indulgente-, comencé a leer los expedientes de los chavales con los que jugaba al parchís. Allí estaban los informes de la psicóloga, una pieza esencial para decidir qué se hacía con ellos. Según ella, estos chavales y chavalas –a mi juicio completamente normales, simplemente habían tenido mala suerte- adolecían de todos los defectos imaginables: su inteligencia era próxima al border-line y eran mentirosos compulsivos.

Me podía imaginar perfectamente la situación de entrevista. Una señora de clase media, con su parafernalia técnica, recibe en su despacho a un chaval de un barrio pobre. Ella tiene en sus manos el destino del chico: si la entrevista es satisfactoria para ella, quizás él vaya a casa de sus tíos; si no lo es, pueden enviarle al reformatorio (donde, según me contaron un par de chicos que ya habían estado allí, la recepción de bienvenida consiste en una paliza por otros internos para dejar clara la jerarquía). ¿Qué haría el chico en esta situación? Contar todo lo que cree que podría satisfacer a la psicóloga. Pero aquí no está asesorado ni ha podido preparar colectivamente el relato; ni siquiera sabe qué piensa esa señora ni con qué criterios le juzgará. En esta situación, lo normal es que mienta. Yo lo había hecho para conseguir el trabajo: le conté al tribunal de selección toda la vulgata psicológica –en la que no creía- que suponía que querían oír; tuve éxito en mi farsa y me contrataron. Pero yo tenía una baza de la que carecían estos chavales: sabía lo que mi interlocutor quería oír y podía sostener la farsa con cierta verosimilitud (para eso sirve estudiar). Ellos no, además estarían en una situación de completa imposición simbólica. Por ello, sus relatos podían oscilar, componerse de piezas contradictorias, alternar entre la “historia triste” que se cuenta para conmover y los ataques de dignidad y de honor que contradicen esa historia…. Todos estos imperativos de la situación le escapaban a la psicóloga: con un clasismo bien armado de tests y de la certidumbre de sí que otorgan una buena posición social y un título universitario, esas contradicciones y mentiras en boca de esos seres -que para ella serían de otro planeta- sólo podían ser indicios de una personalidad defectuosa.

Saber contar una historia, armarla bien, adecuarla al interlocutor, sacrificar la verdad a la verosimilitud: éstas son en muchos casos condiciones necesarias –no suficientes- para librarse de las miserias adicionales que comporta la miseria. Mentir a quienes deciden para que no te hundan más en esa lucha desigual entre relator y juez. Y cuando dices la verdad, guardarte mucho de a quién se la dices, en qué condiciones; elegir el momento, el lugar y el interlocutor. Paradójicamente las condiciones para decir verdades son muy restrictivas.

Hola soy una trabajadora de tienda mi jefe es un cretino x el motibo deke me tiene asegurada 4 hora e exo mas de 9 hora al dia luego me paga 500 al mes y me obliga a k cuando benga un inspector a ke mienta k por cierto lla ace tiempo k no pasa ninguno k poedo acer xk ya no puedo mas me tiene amargada ya xk por ejemplo el otro dia tube una llamada urjente y ni me dejo contestar la llamada por fabor alludeme a resolber este caso xk kiero poner una denuncia pero k sea anonoma

Recibí este correo hace unos meses. Recibo correos así en una cuenta ligada a una página web que un colectivo hemos construido para denunciar los abusos patronales:www.abusospatronales.es. No todos los correos son así, pero éste es muy significativo de un grupo numeroso. En él se relatan condiciones laborales atroces –donde además se obliga a mentir, una exigencia laboral común ante clientes e inspectores- en un lenguaje nada legítimo. Unos relatos –como éste- piden ayuda; otros quieren hacer una denuncia pública. En ambos casos se pide una condición para poder decir la verdad: anonimato. El equipo del colectivo hacemos dos labores. Primero, poner en forma los relatos; durante un tiempo los publicábamos tal como llegaban –por un erróneo culto a la autenticidad- y la mayoría de los comentarios que se recibían se mofaban de la ortografía y la mala redacción. Es más grave una falta de ortografía que un atentado a los derechos humanos. Para que la denuncia sea legítima, para que sea aceptable, primero hay que redactarla de forma “correcta”: las verdades del porquero serán consideradas verdades cuando las escriba Machado. Segundo, la publicamos guardando el anonimato: el acoso y/o el despido serían inmediatos si la empresa conociera quién denuncia. Mentir abiertamente y decir la verdad a escondidas: ese parece ser el destino de los débiles.

La mentira tiene mala prensa. El Análisis Crítico del Discurso se ha centrado, cuando ha abordado la mentira, en denunciar las mentiras de los poderosos. Esta es una labor necesaria: en abusospatronales.es hemos constatado la ubicuidad de las mentiras de los empresarios para negar derechos laborales –“firma aquí”, dicen, “el despido improcedente”, cuando es un despido disciplinario; “estás de alta en la seguridad social” cuando el alta no llega en meses o nunca-. Pero la mentira también es un arma de los débiles. A veces el único arma disponible ante el descomunal desequilibrio de la relación de fuerzas.